El tie
mpo regresa. Ésta fue la máxima acuñada en su divisa por Lorenzo de Medici, apodado El Magnífico y aquí retratado por Giorgio Vasari, pintor amigo de la familia. Familia ineludible e incombustible de los Medici, los banqueros, gobernantes y mecenas que dieron el pistoletazo de salida a una época llamada Quattrocento o Renacimiento florentino sosteniendo a todo genio y artista competente que ornamentara y glosara ese regreso del tiempo. Me atrevo a decir que no le hubieran entusiasmado a Medici los brochazos de Barceló en la bóveda de la Alianza de Civilizaciones, ni ocurrencias como unos cristales rotos con saña o un auto escacharrado sobre una tarima, por mucho que hoy chiflen en los museos y por mucho mensaje incorporado que lleven consigo. Para que El Magnífico se rascase el bolsillo, había que hacer otras cosas. Por ejemplo pintar los nacimientos de Venus sobre caparazón marino como lo hacía Botticelli o echarle talento a la cúpula del edificio de turno como lo hiciera Brunelleschi. También entraba en el club de protegidos todo aquel que compusiera, filosofara, tradujera con fervor a los clásicos, o esculpiera curradísimos bajorrelieves como lo hacía Bertoldo, estudiante de Donatello.
Defensor de la comunidad judía contra las expulsiones y contemporáneo de importantes cabalistas, el Señor de Florencia protegió los estudios talmúdicos y conoció pensadores como Eliyahu Delmedigo que ilustraron a varias figuras de su tiempo en un período que se ha dado en llamar, exagerando un poco, “el regreso de la luz y los valores humanos”. Y claro, con todo ese ajetreo artístico-filosófico, quién iba a acordarse de los lógicos peligros de la patria y quién iba a interrumpir la siesta a los agentes confidentes para que al menos se dieran una vuelta por los Estados Pontificios, a ver si era verdad que a Sixto IV le encantaba la idea de no gobernar una Florencia demasiado dada a los guateques laicos. Así se hubieran enterado de que no sólo no le encantaba, sino de que ya estaba metido en jardines con ayuda de la influyente familia Pazzi, enemigos de toda la vida de los Medici y con los que para más jodienda, habían emparentado.
Asi que quién iba a imaginarse aquel tremendo domingo de abril, cuando Il Magnifico sintió la sangre brotar de su cuello y su hermano Giuliano apenas vio venir el acero que partía su cabeza en dos pedazos, en el Duomo donde asistían al servicio, delante de cientos de florentinos y florentinas. Era Giuliano de Medici, el amante de Simonetta Cattaneo -el rostro de todos los cuadros de Botticelli - el que se desplomaba así, atravesado a sable y apuñalado repetidas veces en una conjura de ocupación donde estaba metido hasta el apuntador, desde el cardenal Riario, estimado sobrino del papa, hasta Guglielmo Pazzi, estimado cuñado de Lorenzo, justo los que se salvaron de la justicia y los linchamientos populares que por aquel entonces, con todo el humanismo y lo que ustedes quieran, no eran para tomarse a broma. Tampoco le hizo mucha gracia el desenlace a Sixto IV, que descargó tiempo después una serie de venganzas contra gobernante de Florencia, las cuales el mismo Lorenzo definió con mucho aplomo: toda esta rabieta, sólo porque no me dejé matar.
Y el tiempo regresa, tal vez porque no era el momento de perder. Porque era necesario sobrevivir a las conjuras o porque simplemente, no era posible dejarse matar. Pero algo imborrable se ha marcado para siempre, y el tiempo nunca vuelve a ser lo mismo.
Después de esta última masacre, el presidente Barack Obama (


declive moral de nuestras 
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