
Así se llama este cuadro del discreto pintor Tompkins H. Matteson, que representa el examen físico a una bruja, más concreto, a una bruja de Salem, Massachusetts, de cuando aquel famoso asunto contra la hechicería, las posesiones y los contratos con el Maligno que llevó a la horca a veinticinco personas y encarceló a más de doscientas allá por el año 1692, un momento histórico en el que los pobladores ingleses llevaban como quien dice, dos días en el Nuevo Mundo.
La cosa arranca con unas niñas y jóvenes que empiezan a comportarse de forma impía a más no poder, desde risas y jolgorios en el culto dominical, hasta convulsiones y epilepsias febriles el resto de la semana, pasando por la práctica de atrevidas indecencias o la visión de oscuros y amenazantes espectros por las esquinas. Estaba claro. Alguien atormentaba y hechizaba a las pobres infantes y extendía la enfermedad a otros vecinos desde el lado oscuro de la fuerza. Al poco tiempo de propagarse la histeria no tardaron en caer las primeras acusadas: Sarah Osborne, Sarah Good, y Titoobah, una criada caribeña que pasaba por allí, y que por cierto, al final de los persuasivos interrogatorios confesó toda la parafernalia brujeril con pelos y señales, incluyendo gatos rojos, pajarracos muertos y diversos ingredientes que le vinieron estupendos para librarse de la horca. No fueron tan espabiladas la Osborne y la Good, que, una esperando en prisión su juicio, y la otra colgada de una soga, murieron convencidas de que con la inocencia por delante ante un panorama tan irracional, no se iba a ninguna parte.
Cuando dos académicos norteamericanos se interesaron por el tema y pusieron en el mapa un puntito verde sobre las casas de los acusadores y otro puntito negro sobre las de los acusados; maravilla de las maravillas: casi todos los asistidos por las fuerzas del Mal quedaban en el lado Este de Salem Village. De igual forma, casi todos los delatores, honestos ciudadanos aterrorizados por la amenaza diabólica, tenían su puntito verde en el Oeste, un territorio hacia las colinas, de agricultores ultra conservadores puritanos, que un poco cortos de guita, veían prosperar y correr hacia la perdición a una zona Este en plena ebullición gracias al camino de Ipswich Road y a los brazos de la ría que llevaban al valle y puerto comercial, Salem Town, un lugar abierto al mar, loco de actividad, negocios y novedades traídas por interesantes y desenvueltos forasteros. Las familias más influyentes de entre los inmovilistas granjeros ya habían buscado la forma de crear la independencia del Village, centrada en su religiosa Meeting House, para cortar el bacalao a su aire aprovechando los lógicos despistes de la Madre Patria. Sin embargo, no todo el mundo tenía tan claro que dar la espalda al valle donde se activaban el comercio y el bebercio, el progreso y las transacciones, fuera una buena idea. Resultado: Caza de brujas contra el Este. Cruzada contra el Mal, ya vieja conocida en viejos lugares. Y en este caso también, como en muchos otros y en más que estaban por llegar, el “Mal” contra el que luchaban, eran ellos mismos.


declive moral de nuestras 
“Años después de que ofreciera yo algunas lecciones para primer curso en el Caltech (que se publicaron como the Feynman Lectures on Physics), recibí una larga carta de un grupo feminista. Me acusaban de estar contra la mujer por dos asuntos: El primero era debido a un razonamiento m


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