Posted tagged ‘Inaki Ochoa de Olza’

Annapurna

November 15, 2011


O lo que es lo mismo, la Diosa de la Abundancia. O de la Cosecha. Uno de los ochomiles del Himalaya y junto con el K2, el más peligroso de los catorce picos que superan esta altura. Pero este primero como todo el mundo sabe lo tenemos en Nepal, lo cual frente al Karakorum que se encuentra en Pakistán es ya por increíble que parezca, una deliciosa ventaja.

El Annapurna guarda en sus alturas historias de sinrazón y debilidad, pero también de fortaleza y generosidad sin condiciones. Historias de apuestas perdidas bajo los aludes y los enormes seracs, esos bloques de hielo gigantes y cambiantes que colapsan sin avisar en esa soledad que de repente se presenta sin metáforas, a lo bestia. Esa suma de situaciones extremas que nunca perdonan y que rara vez dan una segunda oportunidad. Por eso el pico de la Abundancia lleva en su seno los cantos de sirena que llamaron a muchos, que allí en el mismo seno quedaron como dormidos, para siempre. Como Iñaki Ochoa de Olza, polvo enamorado que quiso vivir la montaña en su máxima expresión, pura, sin artificios, sin oxígeno adicional y a peso ligero. El alpinista que rechazaba “las reglas, los jueces, las medallas”, y que nunca llevaba encima sino su experiencia que no era poca, unas certidumbres y unas letras de Bob Dylan en la memoria. Y buenos colegas, como el heroico rumano Horia Colibasanu, compañero de Ochoa en la escalada, que aquella primavera eligió morir al lado de su amigo cuando supo que persiguiendo su pasión, Iñaki enfermaba y perdía la batalla. Y sin ponerse a salvo decidió perderla junto a él, en la cara helada de la arista Este a setecientos y pico metros, acompañándolo en la confusión mental que presagiaba un edema pulmonar y además otro cerebral, el mal de altitud en una emboscada posible pero inesperada. Sabiendo que ambos morirían si nadie les socorría, víctimas del aire sin aire que ha de vivirse con el tiempo justo a partir de los cinco mil, troposfera adelante.

Como habría hecho el navarro por él, seguramente. Como hizo el suizo Ueli Steck, que al poco tiempo de saberlo partía desde la base con botas de trekking, anorak de entretiempo y un viento de escándalo sólo para llevar allá lo que tenía disponible, la cortisona útil en estos casos, la Dexametasona. Lo que convenció a un Colibasanu ya hecho a la idea de su muerte a relevarse al límite de sus fuerzas y ayudó al español a robarle más horas a la vida. Entretanto, un helicóptero que retrocede por la espesa niebla, un celular que nadie contesta, un tictac que se acelera y alguien que llama a un ejército para pedir un favor.

Y sería el kazajo Denis Urubko, el mejor montañero del mundo, quien recibiendo las avalanchas una detrás de otra trepaba tras Steck con el oxígeno y alguna cosa más en su mochila, “Urubko se las come todas“. Después sabría llegando al Campo 3 y vivo de milagro, que Ochoa de Olza había llegado al fin de su resistencia una mañana de mayo de 2008, luego de varios días de agonía, pero nunca en soledad, siempre en compañía. Atada la voz a un teléfono sin cable que como él, iba perdiendo su energía. En la afilada arista Este del Annapurna, que horas después se iluminaba con los últimos rayos de la tarde mostrando su inmensa belleza antes de llegar la noche.

Advertisements