Llega el cambio

Muchos irlandeses y escoceses lo tenían claro e inundaban los correos electrónicos de los primos en ultramar: vamos a ver, se apellidaba McCain y su mujer tenía una empresa cervecera ¿hacía falta algo más? ¿En qué coño estaban pensando en las “colonias” dando bola a un hombre llamado Hussein con muchos reparos para pincharse las barras y estrellas en la solapa?

Chascarrillos transoceánicos aparte, que levante la mano el que no esté un poco desquiciado después de veinte mil leguas de viaje submarino electoral sin poder escapar a tanta euforia y a tanto friki de la corrección política.  Cóctel de tribalismo, alarmismo, populismo, findelmundismo, europeos enloquecidos y bailoteos en África.  Y pánico generalizado a Sarah Palin como peligro universal.

Felicito a pesar de la desastrosa campaña al viejo John McCain, por su lección de caballerosidad y honestidad en la derrota. Porque quiso con buen juicio perforar en Alaska y porque propuso, lo crean o no, frenar el sunami de la crisis financiera mucho antes de que estallara. Porque a los setenta años de veterano de guerra cosido a balazos aún tenía  ganas de llevar el barco desde ese Partido Republicano que, por cierto, fue el que proclamó la Emancipación de los negros de la esclavitud hace siglo y medio con la oposición furibunda de aquellos demócratas sureños que se resistían con las armas. Aquello sí que fue un cambio.

El nuevo presidente Barack Obama en Rushmore

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