Charrière. Vivir libre o morir

Pues el protagonista de esto vivió en España y allí , en España, acabó sus días Henri Charrière , el del tatuaje de la mariposa, el preso que nunca renunció a volar y que lo contó todo en su libro Papillon, sus memorias de condenado, un relato liviano de aventuras, escapadas, capturas y más capturas, que algunos revisionistas un poco picadetes por su éxito dieron por falso después de su muerte.

Decía Henri que él no había sido, como dicen todos. Que él no había matado a aquel chuloputas de los barrios bajos de París. Pero la justicia francesa se hace la sueca y nuestro hombre es sentenciado a cadena perpetua y deportado a la Guayana, desde donde nos invita a acompañarle por el sistema penal de aquellos treinta de la mano de criminales, escoria callejera, alguaciles matones, amigos leales, ladrones refinados, traidores, sodomitas y tipos estrafalarios que esconden sus ahorros en estuches que se meten por el culo, donde el dinero viaja feliz entre la mierda hasta que es rescatado para sobornos en posibles fugas.

El caso es que Papillon intenta escapar ocho veces burlando las guardias, nadando entre tiburones, saltando tapias de enfermerías, pagando una pasta por balsas agujereadas, y siendo capturado de todas todas hasta que las autoridades carcelarias, hasta los huevos, lo envían a la Isla del Diablo, esa isla penal imposible de abandonar y no morir en el intento.

Y ni por ésas. Mientras los colegas de encierro se van de quicio, Papi observa la marea, cuenta las olas, comprende los vientos y examina las posibilidades de un saco flotante en las distintas idas y venidas del agua. Hay una ola, Lysette, una ola que no devuelve los objetos a la costa. Y un francés de Ardèche que no sabía nada de la perfección del movimiento marino, sí supo intuir que arrojándose con un saco de lleno cocos a la llegada de Lysette, el mar, vivo o ya muerto, le alejaría de la diabólica isla para siempre. Vivir libre o morir en el noveno intento de fuga. El, Lysette y un saco de cocos, juntos en el momento más importante de su vida.

Luego está la “etapa Caribe, donde tampoco pierde el tiempo el cabroncete. Se apalanca en una tribu de la Guajira, conoce a dos indias pescadoras de perlas con las que se entrega bastante a fondo, y tanto va el cántaro a la fuente que al final la tribu tiene que dar la bienvenida a sendos hijos francoguajiros. No les extrañe que entre palabras de amor y verbos en infinitivo a la luz de la luna, le entrase el yuyu y se las pirase sin ola, sin saco de cocos y sin remordimientos. Después, traseros de mulatas, generosas gentes que lo ayudan sin conocerle de nada, y nueva prisión venezolana donde apaleaban de lo lindo. Y al final de los años las autoridades de la Francia lo enviaron a tomar esos vientos que tan bien le fueron. Total, se iba a marchar otra vez haciéndoles quedar en ridículo por enésima vez… Vivir libre o morir, era su lema. Una rebeldía llevada hasta al final que le tuvo con la mente echando humo en aquel mundillo carcelario sin talante.

Si levantara la cabeza hoy se encontraría una España donde vivió, en la que ya no da tiempo a estrujarse de ese modo el entrecejo. Donde la condena de los asesinos suele ir encogiendo por tal y por cual, y es bastante posible salir por la puerta principal al cabo de pocos años. Pero no quería hablar de eso ahora , no no. Simplemente, es que colecciono historias de éstas.

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