La suerte de Pompeyo

Y hablando de todo un poco, y de Roma un poco más, Isaac Asimov contaba en sus libros muchas cosas de Roma. En éste que tengo sobre la mesa, dice que Pompeyo (106-48 c.e.) fue un gran tipo, y sí, puede que lo fuera. Para Roma. La historia de una rara vida partida en dos.

Hijo de un general no aristócrata se quedó huérfano con un dilema muy de siempre, ¿a qué bando unirse de los que se peleaban por el control de Roma? Tranquilidad, hombre. Pompeyo siempre acertaba. Era de esos tíos con estrella.

Su primer acierto fue aliarse con el General Sulla recién victorioso de unos jaleos en Asia, un hijo de puta que se pasaba el día matando a la gente y con el que llevarse bien era una decisión estupenda. Pero no gratis. Después de obligarle a dejar plantada a su mujer, Sulla envía a Pompeyo a Sicilia y al norte de Africa donde le siguió a nuestro héroe su buena suerte.

Pompeyo además, aceptaba de buen grado el casorio con las hijas de los aliados políticos que le venían al pelo para sus planes, siempre era más cómodo cabrear a un suegro borde que a cualquier borde sin vínculos familiares. Y la muerte de este borde en particular motivó que Pompeyo reaccionara para convertirse en el “restaurador del orden constitucional” y en la figura más influyente de la República Romana. Tanto que se le confió la represión de la rebelión hispana a manos de un tal Sertorio al que muy oportunamente se cargaron siguiendo las costumbres de la época, con lo que Pompeyo vio resuelto asunto allá por el 71 a de C. Así que al año siguiente el papelón de cónsul ya estaba en sus manos sin tener la edad requerida ni nada, sin haber sido previamente pretor y saltándose a la torera el orden de carrera aka Cursus Honorum, implantado por Sulla.

¿Más golpes de fortuna? Sí, cuando el General Lépido se enfrentó al Senado sabiendo Pompeyo una vez más de qué lado aliarse y cómo apuntarse victorias no totalmente suyas. Victorias como la rebelión de los gladiadores con Espartaco destrozando a diestro y siniestro en todos los enfrentamientos contra ejércitos y teniendo a Roma en vilo hasta que un comerciante con fama se sinvergüenza llamado Craso consiguió derrotarle dejando a Pompeyo acabar con los restos, y por supuesto, colgarse la medalla.

Pero adivinen qué pasa cuando alguien tiene mucho éxito en la vida. La gente se empieza a mosquear. Y más la gente de Roma, que llevaban ya tiempo barruntando sobre su popularidad y acordaron mandarlo a limpiar el mar de piratas a ver si se le hundía algún barco que fuera justamente el suyo y se ahogaba, pero ni por ésas. Peor aún, se acerca a Asia, vence a los moros Seleucidas, y baja al reino de Judea donde se mete en la pelea por el trono aprovechando el Shabbat para el ataque, marcando en esa estancia un punto de inflexion que cambiaría su vida por completo.

Resulta que a su vuelta de Oriente le da como una especie de venada y se establece como ciudadano privado justamente cuando estaban todos muertos de miedo ante sus posibilidades. De pronto, sin apoyo del ejército, el Senado ya no le hace ni puto caso, se vuelve inseguro, no se sabe bien qué le pasa a Pompeyo. Con el triunvirato junto a Craso y César y mientras César triunfaba en las peleas de Europa del Norte, Pompeyo se quedaba en casa tocandose las narices, sin autoridad para convencer a los soldados , enemistado con el otro hasta que es derribado en la batalla de Farsalia, Grecia, saliendo a galope hacia un Egipto en guerra donde se les planteaba otro dilema, a saber: si le acogían, cabreaban a su Cesar que apoyaría a Cleopatra en sus movidas por el poder contra Ptolomeo; si no le acogían , lo cabreaban a él. Solución: cargárselo ya de una puñetera vez, que ya lo estaba pidiendo a gritos. Así terminó Pompeyo, huyendo, fracasando y decapitado asquerosamente al llegar a Egipto.

Y qué le trajo al afortunado Pompeyo un destino tan mortal, se pregunta Asimov en su relato, y nos preguntamos todos. En qué asunto se había metido, dónde y cuándo. Tal vez había querido violar el recinto interior más sagrado de Jerusalem, donde sólo podía entrar el Sumo Sacerdote el día de la Expiación, donde se hallaba Ds en invisible presencia. Pompeyo, al fin y al cabo, ya era un dios él mismo, tenía que profanarlo todo y ni Ds (con perdón), lo detendría. Pero en fin, todo apunta a que después de irrumpir en el lugar, se sintió de perlas. Nadie se enfadó ni nada por el estilo. Y Pompeyo salió tan encantado como había entrado. Lo que demuestra que su fatal posterior destino, nada tuvo que ver con eso.

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