La oreja de Van Gogh

Noche mediterránea, noche de diciembre en un burdel de Arlés. Después de varios golpes, la puerta se abre y alguien recibe un extraño regalo. Un pañuelo ensangrentado con una oreja recién cortada.

Después de Groot Zunder y la luz clara y oscura de la infancia, el trasiego de la juventud. La Haya, Londres…después París. Muchos años después, Arlés, y la euforia creativa, la gloria de la inspiración. Al igual que los impresionistas del XIX, Vincent frecuentaba discretamente a las prostitutas con la excusa de reclutar modelos que pudieran posar para sus cuadros. Y frecuentaba indiscretamente la absenta, el whisky o el aguarrás dependiendo del presupuesto… todo vale para un genio y figura, todo es bueno para un depresivo, esquizofrénico según unos, epiléptico según los otros.

Como todos los holandeses de la época, atrapado en un protestantismo con el que fue por ahí comiendo el bolo a los obreros y mineros de Borinage, con los que compartía vida y pertenencias y a los que dejó bastante hartos, por cierto. Y como todos los genios, incomprendido y enamorado de la mujer equivocada, incauto que al caer en una enfermedad venérea, entendió que más valía el arte de la pintura que el de la prédica.”El ciprés es bello como un obelisco egipcio…”

Pero la plata se acaba y empieza a necesitar la ayuda de su hermano Theo, generoso varón que lo mantuvo durante años, y que después según las malas lenguas dejó escrito un diario donde al parecer lo tomaba de tarado, plastoso e incansable pisoteador de tulipanes. En otras palabras, que lo admiraba como pintor, y quizás, como chiflado. Como lo admiraba Gauguin, aunque le diera la murga con esa manía de irse a Tahití donde no se le había perdido nada, y le obligara a pintar de memoria soportando con paciencia sus noches de insomnio.

Y Vincent se sabía loco. Lo supo cuando amenazó al después pintor de indígenas con aquella navaja de rasurar sin más explicación, lo supo cuando policía y vecindario en pleno de aquel pueblo de Provenza firmaron para encerrarlo bajo mil cerrojos. Lo supo cuando prefirió morir a causar sufrimientos ajenos. Cuando pintaba montones de cuadros en Auvers sur Oise bajo vigilancia de un enfermero. Lo sabe cuando regala su arte a quien lo desprecia, su amor a quien no lo aprecia, y su oreja a quien sólo bromeaba, esa golfilla idiota que le pidió cortársela antes que posar para él una noche de tantas, una noche ebria como otra cualquiera.

Y la vida sigue invitando a beber, pero Theo ya no tiene para pagar la cuenta. Nunca sabremos en aquel verano de 1890, por qué su médico llevaba un arma, ni si Vincent se la quitó. Ni sabremos si la pidió prestada a un vecino que pasaba por allí con la idea de espantar a los pájaros. Sólo sabemos que aquel día en el campo, no acierta a dispararse en el corazón, pero la bala es igual de mortal. Que regresa a casa herido, que fuma, que alguien llama al médico, que se acuesta, que habla…”era la mejor solución para todos”… y que muere.

La “mejor solución” para un genio creador en un mundo ingrato y distorsionado. Un mundo que hoy, lo mismo pone precios astronómicos a su obra, que valora como genialidades, las mediocridades y las imposturas.

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