Sostiene Pollard

No se si se acuerdan de Sean Connery en la película The Rock, la historia de un motín militar con centro y paisaje en la isla de Alcatraz. Resulta que Connery sabía demasiado de muchísimas cosas y el Gobierno USA lo tenía preso de por vida en una cárcel de máxima seguridad de la que luego, cuando le necesitan, lo liberan para entrar en el corazón de la isla donde se arma un quilombo peliculero con todos los ingredientes: violencia, acción, chascarrillos, malibuenos, buenimalos y un final digerible después del atracón y los destrozos.

Cualquier gilipollas que se lo proponga puede perjudicar a un país de muchas maneras, amparado en la libertad de expresión, escribiendo cientos de panfletos, haciendo campañas de presión y agitación, o financiando causas peligrosas de forma muy legítima y talantosa.  Jonathan Pollard, sin embargo, ciudadano judío norteamericano, no quería, según sus palabras,  perjudicar a nadie. Trabajador en la inteligencia militar, un buen día se da cuenta de que los colegas esconden información sobre las actividades nucleares y químicas de los países árabes más simpáticos de la galaxia, y se pregunta por qué no se lo pasan a Israel si somos aliados de toda la vida. Parece que los judíos de Israel no debían saber estas menudencias, mejor debían dejar a USA toda la capacidad de actuación. De modo que al no conseguir que esa información pasara por vía normal, Pollard la pasó de estrangis en tan sólo unas once copias de documentos vitales para la seguridad nacional israelí. No tan estrangis, pensaría él, cuando se encontró al fin, corriendo el año 1985, aquella inesperada mano en el hombro.

No fue inocente, seguramente. Pero no fue traidor en tiempo de guerra, no vendió nada a un enemigo, no actuó sino por conciencia, no fue acusado de traición, e Israel reconoció eso sí, diez años después, que lo había convertido en su agente, pero que había actuado para una célula independiente del Servicio Secreto del Gobierno de la Nación.

Es importante entender que el Gobierno Federal lo tiene muy claro  en cuanto al tratamiento a quien destapa sus interioridades. O pueden confiar en ti, o no pueden. Poco importan las buenas intenciones, o poco importa, para ciertos delitos,  si los países son amigos o enemigos. Uno no puede pasar información confidencial, uno no puede decidir por sí mismo cuándo destapa o no destapa un secreto, y Pollard no podía quedarse sin su correspondiente castigo. Sin embargo, se le fabricó toda una historia como ladrón de cuantiosa información, ofreciéndole una payasada en lugar de un juicio justo, cosa que lo sentenció de por vida a una condena sin posibilidades de modificación.

Pollard, el llamado “espía judío” lleva veinte años en prisión y ha servido de moneda de cambio y chantaje para las negociaciones de paz y otras coplas diplomáticas en Oriente Medio, donde Clinton prometía mil veces su excarcelación a cambio de gloria y sonrisas arabepalestinas, proponiendo que Israel liberase terroristas mientras dejaba a Pollard entre las mismas rejas de siempre. A la muerte de Rabin, Netanyahu sospechó los juegos de la Casa Blanca y liberó presos comunes sin saber que después, al crearse un nuevo gobierno, Ehud Barak picaría el anzuelo dejando en la calle a criminales a cambio de nada. Y salen ladrones, asesinos y criminales, se conmutan penas, se perdonan condenas por esto y por lo otro y Pollard a pesar de su arrepentimiento y colaboración con la “injusticia”, continua en prisión enfermo y desesperado.

Ocho máximos dirigentes israelíes han solicitado su liberación al gobierno de los Estados Unidos pero el gobierno americano calla, y muchos se preguntan qué esconde, si es que esconde algo, América, detrás de esta historia, que espera algún día no lejano, la definitiva justicia para Jonathan Pollard.

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